Desde 1985 hasta el 2020, han trascurrido 35 años de falacia, corrupción y de echar la ética a la cloaca. Décadas del reinado de la felonía y de ocultamiento de la verdad. Sí, señores y señoras. Esto es lo que han hecho nuestros gobernantes. Ah, pero no solo ellos. También faltan a la verdad a nivel nacional, en diferentes campos, a lo largo y ancho de esta República renuente. En suma, en el Perú no existe identidad política en la mayoría de nuestros políticos y políticas. Abunda la “viveza criolla”. Sí, que abunda.
Desprovistos de honor: sin idearios.

Nos representan. Surgen de la noche a la mañana, nos tocan la puerta de la casa, nos hablan por la televisión, radio, periódicos y redes sociales. Están en todas partes anunciando que los apoyemos. Aprovechan al máximo las circunstancias que se presentan y sacan de ellas el mayor provecho posible para medrar. Estarán mañana. Estarán siempre.

No conocen la descalificación moral. Desprovistos de todo honor, van por los pueblos siguiendo los caminos con flores purpúreas, nadan a favor de la corriente y en su navegar aguas abajo no hay ningún mérito. Porque ir aguas arriba, demanda el cumplimiento de principios éticos, pero es más fácil ser hipócritas y mediocres antes de ser honorables. ¿Qué no existen personas probas? Me preocupa su ausencia. Siento vergüenza patriótica e indignación por las fieras agazapadas a espera de su presa que han cambiado sus idearios por la inmoralidad. Benjamín Constant, les llamaría “murciélagos que unas veces encogen las alas y se confunden con el ratón, otras desplegan el vuelo y se igualan con el pájaro”.

La revolucionaria pluma del “Apóstol de la muerte” nos ha legado aquella frase inmortal: “Hoy el Perú es un organismo enfermo: donde se aplica el dedo brota pus”. Sentencia que hoy se mantiene intacta y vigente. Me pregunto, ¿Por qué no se escuchó? ¿Por qué no se cambió? ¿Por qué ese proceder pesimista? Pueden hilvanarse muchas interrogantes y respuestas, pero nada cambiará hasta que seamos ciudadanos consientes de nuestros derechos y deberes en aras de nuestra patria. De ahí que, solo los ojos que miran hacia el amanecer se habrán dado cuenta que el Perú no quiere seguir creyendo en las sombras del pasado que hundió a sus hijos en la miseria, injusticia e indigencia de la civilización. Todo lo espera de una nueva generación que forje su propia aurora, que realice una transformación ética, ideológica e institucional en la política peruana.

¿Y los políticos? Hombre, qué ocurrencia. Alan Gabriel Ludwig García Pérez, “ciudadanos de segunda clase”. Alberto Kenya Fujimori Fujimori, “soy inocente”. Alejandro Celestino Toledo Manrique, “cholo sano y sagrado que se declara no fugitivo de la justicia y que sus huesos terminan en Cabana”. Ollanta Moisés Humala Tasso, “balón de gas a doce soles”, Pedro Pablo Kuczynski Godard, “siempre cayó de pie, como gato, y mordió como zorro lo que pudo” (Hildebrandt, 2020, p.12). Martín Alberto Vizcarra Cornejo, “el mago de la curva”. Manuel Arturo Merino de Lama, “muerte de Jordán Inti Sotelo Camargo (24) y Jack Bryan Pintado Sánchez (22) el sábado 14 de noviembre del 2020”. Por último, Francisco Rafael Sagasti Hochhausler, inconsistente.

Desde 1985 hasta el 2020, han trascurrido 35 años de falacia, corrupción y de echar la ética a la cloaca. Décadas del reinado de la felonía y de ocultamiento de la verdad. Sí, señores y señoras. Esto es lo que han hecho nuestros gobernantes. Ah, pero no solo ellos. También faltan a la verdad a nivel nacional, en diferentes campos, a lo largo y ancho de esta República renuente.

Nuestro país está poblado de políticos y políticas sin idearios. Sin idoneidad moral. Los deshonestos son legión, los honrados minoría. Causa repugnancia esa contaminación hostil en ellos, en ellas. Una excongresista fujimorista entendió que la ética es para echarla a la basura, cuando dijo: “Yo estoy aquí por mi plata” (Saavedra, 2019). Soltó esas palabras en el debate sobre la cuestión de confianza que planteó el primer ministro, Salvador Alejandro Jorge del Solar Labarthe. Para solicitar el voto de confianza sobre el proyecto de ley que buscaba modificar las reglas de elección de los magistrados del Tribunal Constitucional (TC).

En el Perú no existe identidad política en la mayoría de nuestros políticos y políticas. Abunda la “viveza criolla”. Sí, que abunda.

La mentira, hermana de la traición, nos acompaña desde las raíces de nuestro origen precolonial. Triunfan los mentirosos. Así fue desde el inicio de nuestra independencia. Y así seguimos y seguiremos siendo, brotando pus por todas partes, ante la falta de honor y compromiso. Requerimos compatriotas con idoneidad moral, capacitados, carácter firme y con sólidos principios al servicio del país. Requerimos conciudadanos que contribuyan a articular una fuerza social que logre sostener un proceso transformador duradero. Una clase dirigente.

No hay honor cuando de legislar se trata, se hace para salvar a grandes empresas (Reactiva Perú), cuando les preocupa más las sobrevaloraciones de bienes, servicios, ejecución de obras y consultorías de obras. No hay honor cuando la CONFIEP siempre tiene la razón y cuando toda protesta del soberano es combatida con perdigones. No hay honor cuando se hace política sin un ideal por una causa perdida, cuando se hace campaña política con dinero de grandes agentes económicos nacionales e internaciones y cuando las promesas en campaña solo sirven para engatusar al electorado (para eso me sirves y me servirás). No hay honor cuando utilizan a la democracia para enriquecerse, cuando mienten al decir que representan el cambio responsable y cuando el ciudadano solo es necesario para las elecciones. No importa quien gobierne. El sistema es sagrado.

Fijémonos en el honor. No es la fama, el dinero o el auto de último modelo, sino el honor. Tarda toda una vida en construirse y solamente un segundo para deshacerse. Por eso, "¡Cuidemos nuestra reputación, Conciudadanos! Porque —como decía Pedro Calderón de la Barca en su obra "La Vida es sueño— el Honor es de madera tan frágil que con una acción se quiebra o se mancha con el aire".

El concepto de honor ha estado presente en toda la historia de la humanidad. En nombre de él se cometían las más grandes hazañas y los más grandes crímenes, imposible no evocar a Don Quijote de la Mancha, quien decía a Sancho que por la honra se debe aventurar la vida, o al Cid Campeador, cuando le decía a su primo, “¡Ánimo, Álvar Fáñez, ánimo, de nuestra tierra nos echan, pero cargados de honra hemos de volver a ella!”.

Vivimos en un país donde el mejor socio es el oportunismo y en donde no existe la descalificación moral. Las personas con dignidad, honor, honra e identidad están proscritas. Y, por último: hemos fracasado como sociedad. Ha tenido éxito el antivalor, la falta de ciudadanía y a nadie le importa la defensa de los intereses nacionales.

Siempre me dicen: sé más prudente, cambiar tu lenguaje, te van a odiar, de nada sirve que te enfrentes a los que tienen poder económico porque te van a ganar. Esas voces me hacen ser contestatario, será mejor que ser cobarde. Requerimos un nuevo porvenir. ¡Construyámoslo juntos! Pero jamás abandonaré mi rebeldía, la capacidad de indignarme, mi pasión de lucha por una sociedad libre e igualitaria. Igualdad de salidas, no de llegadas.